Entonces, descubrí tu mirada,
justo antes del fin,
cuando mis ojos a punto de cerrarse
abandonaban la luz
para entrar en el reino
del silencio.
Entonces, me miraste,
y la miel comenzó en mí,
como una gota en mi lengua,
que lentamente llena mi boca
de su suave fragancia,
y no me abandoné.
Oh, elixir mágico de la vida,
tu mirar,
oh, viento de flores curativas,
tu aliento.
Oh, música divina para el alma,
tus palabras.
Oh, raíces que aferran de verdad,
tus manos.
Y volví a abrir los ojos,
supe de nuevo lo que es respirar,
reconocí el dolor de las heridas
y la angustia de una vida mortal.
Mas, con tu presencia,
la dicha me poseyó,
y se clavó en mí,
como un puñal emponzoñado
de felicidad.
Tal vez fue un segundo,
menos, incluso, que un instante.
Limpia fue la herida,
solo una gota de sangre,
sangre de un suspiro
que me acompaña
hasta la eternidad.
Bueno, ya era hora de escribir poesía, fue mucho tiempo de amor, tal vez demasiado, también mucho tiempo de sufrir, estoy seguro que demasiado, es el tiempo de expíar, es el tiempo de sanar, es el tiempo de escribir.
jueves, 23 de agosto de 2007
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